Era un momento inédito en la historia de la política americana. En 1984, Ronald Reagan, a meses de cumplir 73 años, era el hombre de mayor edad en ser Presidente de los Estados Unidos de América. A pesar de tener un primer mandato sumamente exitoso; provisto además de un enorme carisma, elocuencia y personalidad, comenzaron a surgir dudas de su integridad física y mental para su campaña de reelección.

Durante su primer debate contra el candidato demócrata se le vio cansado y confundido, sus respuestas divagantes, revolviendo sus notas y en momentos incluso sin palabras. En su reencuentro, durante el segundo debate, se le preguntó tácitamente si podría su edad repercutir en su rendimiento como presidente, si el mismo Presidente Kennedy de tan solo 43 años tuvo que mantenerse despierto y activo por días durante las peores crisis. Fue entonces, en uno de los momentos más memorables de los debates presidenciales, que aplacaría las dudas al puro estilo jovial de Reagan, el momento que pondría al auditorio entero, inclusive a su contrincante, a reírse a carcajadas y que le garantizaría la reelección ese año:

“No en lo absoluto y señor moderador, quisiera