La vida del estudiante de medicina es un campo minado que atravesamos en zancos de largos y tediosos tramos –leer, estudiar, memorizar–  seguidos por instantes de absoluto y total terror –exámenes– con masacres históricas en donde la cifra de los que perecieron y las atrocidades cometidas –preguntas en duda– varían más que la de la masacre bananera en “Cien años de soledad”. Todas esas largas noches memorizando, leyendo, subrayando (¡los marca textos imploran piedad!) y terminando aquellos videos de propedéutica (los cuales en su momento, el único dato clínico relevante que nos proporcionan es que tu compañero de equipo está obeso, pero que valen la pena cuando te acuerdas qué es la maniobra de Murphy): ¿para qué?  Pues bien, cada quien tiene sus razones individuales que les impulsan a estos sacrificios, pero puedo decir con seguridad que los frutos de nuestros esfuerzos están dirigidos a la adquisición de nuevos conocimientos en mayor o menor grado.

Confiamos en nuestra memoria para retener estos preciosos conocimientos y, hablando en un contexto más científico, confiamos en que nuestro cerebro avance a través de este proceso de aprendizaje asimilando datos y reforzando estru