“Entre una estatua y un cuadro, entre un soneto y una ánfora, entre una catedral y una sinfonía: ¿hasta dónde habrán de llegar las semejanzas, las afinidades, las leyes comunes? Y ¿cuáles son también las diferencias que podrían decirse congénitas? He aquí nuestro problema”

Es así como Étienne Souriau inicia su libro “La correspondencia de las artes” (1965), con el planteamiento del tema: el arte, y con un preámbulo que el autor concierne en llamar reflexiones liminares. Y es que quizá Souriau opta por abordar el tema en base a la reflexión, considerándolo un acto más prudente que adoptar un título referente a un preámbulo propio de una tesis. El libro de Soriau es un breviario de sus propias reflexiones más que un tratado de arte. La pregunta, no obstante, es: ‘¿qué es arte?’¿Cuáles son sus límites? Y ¿cómo se determinan éstas, si acaso los hay?

Souriau desarrolla en más de trescientas páginas el parentesco entre escultores y pintores, entre poetas y compositores. Empero, ¿qué pensar acerca de un artista cuyas herramientas de trabajo resultan en conexiones entre lo físico y lo virtual, entre lo biológico y lo tecnológico, transgrediendo así las fronteras