La bilis negra sin hervir causa cáncer. En la antigüedad las enfermedades se le atribuían al desequilibrio entre los cuatro fluidos cardinales o humores. Según Hipócrates la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra fluían en perfecto equilibrio dentro del cuerpo humano. De las cuatro, la bilis negra era la más misteriosa de todas. Se le describía como una sustancia viscosa y críptica por naturaleza. A comparación de los otros tres humores, su existencia nunca fue comprobada a pesar de minuciosas exploraciones en el cuerpo humano. Años más tarde, basado en la teoría de los fluidos cardinales, Galeno atribuyó sólo dos enfermedades al exceso de la enigmática bilis negra. La manifestación física de esta irregularidad era el cáncer y su contraparte psíquica, la depresión. Así, la depresión y el cáncer fueron intrínsecamente entrelazados hace más de dos mil años.

Esta relación de antaño entre ambas enfermedades sigue haciendo presencia en la actualidad. Es común que al recibir un diagnóstico de cáncer el paciente y/o sus familiares cercanos sientan estrés excesivo, ira, tristeza e incluso desesperanza. Por lo general estos sentimientos se disipan con el tiempo, pero sin apoyo ni ayuda para lidiar con este cambio, pueden resultar en depresión. La salud emocional es sumamente importante para mantener un estado de bienestar holístico en el individuo. El cáncer tiende a causar un desequilibrio emocional debido a la impotencia ante los cambios de vida que acompañan su diagnóstico. El temor a la muerte, al dolor y al sufrimiento también suelen ser frecuentes entre los individuos que padecen esta enfermedad. A menudo, la depresión se extiende a los familiares cercanos que cuidan del paciente. La sensación de injusticia y la frustración de “no poder hacer algo más” por sus seres queridos es recurrente entre las personas que rodean al afectado. Debido a lo anterior, el factor psicológico del cáncer es tan temible como sus efectos en el cuerpo. El misticismo y la incertidumbre que envuelven al cáncer participan para generar un factor social que afecta directamente en la psicología de la enfermedad.

El cáncer es reconocido como la enfermedad del siglo 21. Si bien la mayoría de la gente no cree que la furia de Dios sea responsable de las epidemias que nos afligen en la actualidad; basta con observar los nombres con los que reconocemos a esta enfermedad para darnos cuenta del misticismo que rodea a la misma. Es una enfermedad que no tiene piedad ni discrimina entre género, ni edad, ni nivel económico. Es temible por su capacidad de consumir tanto al paciente como a sus seres queridos dejando una especie de vacío a su alrededor. De cierto modo, el cáncer es un peso que no sólo cargan los que lo padecen; sino que colectivamente como sociedad, hemos arrastrado a lo largo de los años. Su alta frecuencia, sus invasivos tratamientos y las bajas expectativas de recuperación en la mayoría de los casos han dado un tono solemne e incluso lúgubre a la palabra cáncer. Todo este aspecto críptico de la enfermedad no es más que el resultado directo de la gran incertidumbre que ha acompañado a la enfermedad a través de los siglos. Se le corona como el emperador de todos los males y todo esto no hace más que agravar los efectos que tiene en sus huéspedes.

Como se mencionó anteriormente, la depresión es muy frecuente entre los pacientes con cáncer y el factor social que rodea a la enfermedad no contribuye para mejorar el efecto negativo en la psicología del paciente. ¿Sin embargo, qué efecto existe entre la depresión y el cáncer? Aproximadamente 1 de cada 4 pacientes que sufren de cáncer por un periodo mayor a 18 meses presentan depresión a cierto grado. Se diagnostica depresión clínica cuando el individuo presenta cuatro o más de los siguiente criterios o si alguno de ellos se manifiesta de manera grave y constante:

  • Pérdida del interés o del placer para casi toda actividad durante la mayor parte del tiempo.
  • Pérdida significativa de peso (sin hacer dieta) o un gran incremento en el peso.
  • Sentirse “apagado” o fatigado y agitado casi todos los días, lo suficiente como para que los demás lo noten.
  • Cansancio extremo o pérdida de energía.
  • Dificultad para dormir y despertarse muy temprano, dormir en exceso o no poder conciliar el sueño.
  • Problemas para concentrarse, recordar o tomar decisiones.
  • Sentirse culpable, despreciable o indefenso.
  • Pensamientos frecuentes de muerte o suicidio (no solo temor a morir), así como planes o intentos de suicidarse.

Como se puede observar, algunos de estos criterios se pueden relacionar tanto con el mecanismo de acción del cáncer o con los efectos que los diferentes tratamientos tienen sobre el organismo. Esto lleva a que en muchos casos la depresión pase desapercibida no en pacientes con cáncer lo cual ha llevado a la falta de intervención para aliviar los síntomas de este padecimiento.