Muchas veces nos es fácil pensar que gracias a la ciencia, los científicos y quizá las estrellas, hoy tenemos aspirina. No sólo aspirina, pero también anestesia y trasplantes de órganos. Pero más que nada, el primero. Un trasplante de órgano probablemente está lejos de nosotros, y qué bueno si así lo es, pero pensemos en la aspirina por un momento. Todos tenemos un bote en nuestras casas: abajo del lavabo del baño, a un lado del cereal en la cocina, en el buró de la cama, o en todas las anteriores. El problema es que no pensamos en ella. La compramos automáticamente, la conservamos en una temperatura ideal como recomienda la etiqueta, y de vez en cuando una pastilla o dos para calmar cualquier tipo de dolor –énfasis en cualquier-.

Si tomamos aquél bote de aspirina y leemos la formula, dirá: ácido acetilsalicílico. Es una palabra compleja, pero con un origen bastante simple: la corteza de sauce, un árbol grande que vive en zonas frías como el Hemisferio Norte. Hace miles de años, en la prehistoria, el humano ya tomaba aspirina; lo que hacía era que masticaba la corteza del árbol, pero prácticamente le producía el mismo efecto, aliviarse después de un día pesado e