En 2019, el Centro Médico Sheba fue nombrado uno de los 10 mejores hospital del mundo según la revista Newsweek

Me esfuerzo por encontrar palabras que le hagan justicia a esta tierra sin parecer condescendiente, pero la realidad es que para describir esta tierra no alcanzan las letras. Y tal vez no debería de hablar de Israel sin hablar primero de Oriente Medio que, como región geopolítica, se comporta muy distinto a lo que sabemos en Occidente. Tal vez tampoco debería siquiera tratar de amedrentar una descripción semi-precisa de la dinámica interna de esta región, pues historiador no soy y cualquier intento quedará siempre escuálido.

Muralla de Jerusalén

Contaré entonces sobre lo único que tengo que son las emociones generadas por un sitio como este.  Adentrarse en Israel es conocer un pedazo de tierra que ha venido de nada y lo ha construido todo de nada.  Un sitio que no sólo no está exento de conflictos internos y divisiones, sino que, además, son definitorios de su identidad. Y es que estos 22,700 km2 albergan los lugares más sagrados y reclamados del monoteísmo y que por ende dan sentido a las creencias religiosas de millones de personas alrededor del mundo. Se entiende entonces, que la vida aquí transcurra distinta. Que el aire que se respira sea distinto, y no en un sentido literal aludiendo a la creciente contaminación de sus ciudades, sino en el misticismo que emana de los lugares más comunes para los “nativos”. No se tiene que ser religioso para percibirlo; culpo sin duda, al dorado de las piedras con las que están construidos sus edificios, al sepia que retumba desde el desierto, a los olivos, a las lenguas semíticas que resuenan como un cántico, a las formas de organización social llamadas kibutz, y al sentido de longevidad que otorgan los calurosos días de 16 horas. 

Vista del Líbano desde el monte Adir

Visitar este lugar como extranjero occidental es sin duda un asalto a los sentidos y particularmente a las propias costumbres, que no porque sea la única democracia liberal en Medio Oriente resulta menos intrigante, al contrario, me atrevería a decir que lo exacerba. Visitar este sitio como médico, estudiante de medicina o cualquier carrera afín a la salud, resulta aleccionador desde múltiples ángulos y las lecciones dependen, por supuesto, de la apertura del visitante. 

Health Care in the Holy Land confronta al estudiante a una serie de situaciones propias del área de la salud que requieren más que el conocimiento anatomo-patológico y fisiológico para su resolución, situaciones que demandan habilidades que apelan al más profundo sentido de humanidad, justicia social, y por qué no, administración de recursos que van más allá de las tradicionales aulas de clase y que son tremendamente necesitadas en la medicina actual. 

Para combatir la agenesia de alter ego que menciona el profesor Arnoldo Kraus para el blog de la revista Nexos, es necesario que los futuros médicos descentralicen el conocimiento aprendido y que sean (seamos) capaces de reconocer las necesidades legítimas en los otros. ¿Cómo validar las necesidades de quien considero mi enemigo? Uno de los aprendizajes más valiosos de esta jornada es quizás que a pesar de la profunda segregación que permea a la sociedad israelí, los hospitales y centros de atención comunitaria se convierten en territorios neutros de atención al paciente, donde judíos, árabes y la minoría cristiana trabajan en conjunto para atender a judíos, árabes, y la minoría cristiana, porque la salud es un derecho humano y los derechos vienen antes de las ideologías individuales, partidarias o mayoritarias. 

Vista del bosque de Jerusalén desde Yad Vashem

No sería justo si no mencionase la visita al complejo Yad Vashem (“un monumento y un nombre”) en Jerusalén como uno de los momentos más solemnes de todo el viaje. Muestra la profunda desolación que puede causar la alienación de una raza. Este centro de remembranza al Holocausto recibió en 2007 el premio Príncipe de Asturias de la Concordia: “por ser recuerdo vivo de una gran tragedia histórica, por su tenaz labor para promover entre las actuales y futuras generaciones y desde esa memoria la superación del odio, del racismo y la intolerancia”. Edificado en el bosque de Jerusalén y con vistas a éste, su peculiar arquitectura emula la división del monte en dos, para recordar cómo el Holocausto dividió la historia de los judíos para siempre. Además de ser un centro de remembranza con artefactos originales tales como el letrero al campo de exterminio “Treblinka” y las vías del tren del gueto de Varsovia, Yad Vashem también simula una línea histórica en un homenaje a la esperanza donde algo mejor espera adelante. Cargado de simbolismo y resiliencia, es uno de los constructos modernos más necesarios del mundo actual.