“No veo porqué el hombre no debe ser tan cruel como la naturaleza”

Adolf Hitler

*Nota del autor: Este artículo de ningún modo intenta justificar las atrocidades cometidas por el régimen de Adolf Hitler. La intención es meramente de exponer los antecedentes psicológicos e históricos que llevaron a este dictador a provocar la tragedia más grande de la historia.

El mal es un concepto incompatible con la perspectiva científica de la humanidad. Muchos expertos afirman que no puede tacharse ninguna acción de maldad pura o, en todo caso, bondad, ya que toda acción se rige por la mente individual de cada persona. Toda decisión y sus respectivas consecuencias están derivadas del ambiente, historia y vida que conducen a determinado individuo a un determinado tiempo y espacio. Es aquí donde este decide y actúa de acuerdo a un universo subyacente de comportamientos previos, ideales y tragedia personal. El mal, siguiendo esta definición no existe, más si existe la crueldad. Esta abominación de sentimiento no es más que la indiferencia y el placer de causarle daño al prójimo. La crueldad es una respuesta atroz y vil y está injustificada a cualquier experiencia de vida, por más terrible que esta sea.

La segunda guerra mundial permanece hasta nuestros tiempos como el zenit de la malicia y crueldad del ser humano, el conflicto con mayor costo en la historia de la humanidad. Se estima que 50 a 80 millones de personas perecieron debido a este conflicto, la mitad siendo civiles sin afiliación militar alguna. A pesar de que pudiera atribuírsele este conflicto a múltiples entidades y a un sinfín de consecuencias, la responsabilidad principal recae en el hombre que ordenó se diera el primer disparo, Adolf Hitler.

Hasta hace poco, existían incontables teorías acerca de las causas que llevaron a Hitler, un exmilitar, un artista rechazado, a convertirse en el líder implacable del Tercer Reich, ninguna con la suficiente valía o evidencia significativa. En años recientes, esto ha cambiado; la maldad intrínseca a Adolf Hitler, vista como única muestra de un ser en quien la crueldad es inherente, ha adquirido una perspectiva más completa. El análisis de los recientemente desenterrados documentos, que incluyen sus exámenes e historial médico, combinado y comparado con la ya bien descrita biografía psicopatológica de este tiránico personaje muestra el modo en que se moldeo al epítome histórico de la maldad humana. Observando su narrativa de vida desde un punto de vista clínico, histórico y psicológico, se puede evidenciar como un individuo mentalmente trastornado fue sometido por la guerra, el odio y la adicción, llevándolo a un a volverse en el causante de la peor tragedia que haya recaído sobre la humanidad.

La tragedia inicia en un pequeño poblado llamado Branau Am Inn en la frontera del Imperio Austrohúngaro con Alemania el 20 de abril de 1889. Adolf Hitler nace en ese día como el cuarto de seis hijos de una familia pobre. Su padre, Alois, era un guardia fronterizo y su madre, Klara, ama de casa. A pesar de ser austriaco por nacimiento, tras mudarse a Alemania a los 3 años, comenzó a encontrar mayor afinidad por su nación adoptiva, con una actitud recelosa a todo lo germánico. De niño, demostró in interés marcado por las artes a pesar de que su padre quería que se dedicara a los negocios. Aun así, se le reconocía su potencial intelectual y como líder entre sus compañeros.

Mucho de lo que eventualmente experimentaría, estaría moldeado en el ambiente que vivió en esta época. Su padre, con su estilo autoritario, lo empujaría a desarrollar agresión considerable y a mantenerse al margen de la sociedad. Su madre sería la persona a la que Hitler más querría en el mundo de acuerdo al médico familiar, Eduard Bloch y desarrollaría un apego intenso a ella. Lo que en otro escenario hubiera sido una infancia promedio a la época, se definió por la crisis que lo llevaría al sufrimiento.

El primer momento crítico que lo marcó emocionalmente fue cuando tenía 11 años. Ante el rechazo de su padre por su pasión por el arte y la competición en la escuela, encontró refugio y cariño en su hermano menor, Edmund. Es así, que, ante su fallecimiento en 1900, Hitler se convirtió en un ermitaño, aislándose de la sociedad mediante una introversión marcada que exacerbo su ya mal desempeño escolar. Crecería en un estado cuasipsicótico, deslindado de la empatía;º con conductas agresivas y antisociales que condicionarían su vida y carácter.

Tres años después, moriría su padre, único retén que le quedaba para cumplir sus sueños. Liberado, Hitler abandonaría la escuela de manera definitiva y reclamaría la herencia que le dejó su padre para ir a Viena a trabajar como artista. Permanecería en él la esperanza de entrar a la academia de artes finas y sublimar sus pérdidas en la expresión artística por los siguientes años.

La historia de que fue rechazado es bien conocida. Dos veces aplicó en este prestigioso instituto y ambas fue rechazado. La razón fue su falta de talento en pintura y su incapacidad de plasmar la figura humana en la misma. Esto lo condujo a emprender labor manual para sostenimiento, recurriendo a vivir por un tiempo en un refugio para indigentes.

Aquí ocurrió la segunda tragedia para Adolf Hitler. Su madre fue diagnosticada con cáncer de mama en 1907. Esto lo inspiró a regresar a su casa a cuidarla a pesar de su continuo interés por buscar la carrera como artista que deseaba. Tras una serie de tratamientos y cirugías, Klara murió en diciembre de ese año. Hitler de nuevo entro en un estado distímico severo que lo condujo de nuevo al aislamiento. Tiempo después, regresó a Austria en peor condición de la que la dejó previamente.

En este periodo, se asume, fue cuando se cementó en Hitler un delirio constante de que las circunstancias estaban en su contra. Ante su imposibilidad de entrar a la escuela de artes finas y no conseguir empleos formales, recurrió a vender sus pinturas para la venta de marcos en tiendas de arte local. Es durante este periodo que, se sospecha, contrajo sífilis que lo afligió de por vida.

Para distraerse de su miseria en sus tiempos libres, comenzó a interesarse por el ocultismo de la época, leyendo además literatura nórdica y alemana. La rampante literatura y prensa antisemita se inmiscuyo en sus intereses al charlar con muchos como, entes desahuciados que culpaban a los judíos en particular por su desdicha. Una anécdota de esta época afirma que tras escuchar en una ocasión una ópera de Wagner, tuvo una epifanía donde a manera del héroe en la función, liberaría al pueblo alemán y lo conduciría a la grandeza.
“Creo hoy que mi conducta va de acuerdo a la voluntad del creador todopoderoso”.

Para 1914, comenzaba a interesarse por la política cuando llegó la oportunidad que esperaba para demostrar su nacionalismo alemán y dejar atrás las limitaciones que había vivido hasta entonces. Dos días después de que declarara la guerra Alemania a Serbia y Rusia, Adolf Hitler se enlistaría en el ejército germano.

Las historias de Hitler en la guerra son múltiples. No existe un consenso definitivo entre lo real y lo dramatizado por la pérdida de gran parte de los registros. Se conoce que Hitler fue asignado al Regimentó Bávaro, el cual sufriría un 75% de bajas en su primer enfrentamiento contra el enemigo. A pesar de bajas catastróficas, Hitler sobreviviría, atribuyéndoselo a la providencia en momentos de delirio y ofreciéndose como voluntario para entregar mensajes entre divisiones, exponiéndose al peligro en toda oportunidad que se le presentaba.

Sus esfuerzos, guiados por un carácter cada vez más arriesgado se vieron mermados cuando sufrió en 1916 una herida por un fragmento de artillería que lo dejo inmovilizado por unos meses. A su regreso al frente, no obstante, se le otorgó la Cruz de Hierro, una alta condecoración militar. Este momento de orgullo le duraría poco. A medida que Alemania retrocedía y las muertes aumentaban, de nuevo Hitler le atribuiría los fracasos militares a enemigos inexistentes que tenían la intención de que su patria colapsara, sufriendo de depresión y aislamiento incluso en combate. A un mes de que la guerra concluyera en favor de los aliados, el escuadrón de Hitler sufrió de un ataque con gas cloro, que lo dejo ciego temporalmente y le generó lo que entonces se conocía como neurosis de guerra, hoy síndrome de estrés postraumático. Algunos biógrafos afirman que este fue el motivo que condujo a Hitler a portar su inseparable estilo de bigote corto, ya que el largo Wilhemiano que utilizaba hasta entonces le impedía colocarse la máscara de gas. Sumido en desesperación y humillado por la derrota, decidió cumplir al fin su ambición política y dejar el arte de lado.

“Siguieron terribles días y noches aún peores. Sabía que todo estaba perdido y en esas noches el odio creció dentro de mí, odio contra aquellos responsables de esta derrota.”

El colapso de Alemania en la primera guerra mundial, a diferencia de la segunda, se dio sin que hubiese siquiera una invasión del suelo alemán. En su lugar, Alemania sería derrotada por su falta de recursos y el hambre de su población, que condujo a una revolución y al exilio del Káiser Wilhelm II. Esta confluencia de factores alimentó al delirio de muchos, Hitler incluido, de que un enemigo en sus fronteras les había saboteado y hecho perder. Por este motivo, Hitler fue asignado a investigar dentro del ejercito a potenciales enemigos comunistas y socialistas, especialmente aquellos de origen judío.

Esto lo condujo a unirse a un partido de reciente creación, el partido de los trabajadores alemanes (DAP), donde rápidamente adquirió fama y atención por su oratoria dramática con alusiones a una raza superior. El partido ganó la atención local en Múnich y muchos exmilitares se unieron para oír al predicador nuevo del partido. Poco a poco, Hitler comenzó a moldear al partido a su voluntad, alimentándolo de su odio y sus delirios de grandeza.

Aquí entran en juego las influencias que tuvo en este periodo. Implementó en el partido la filosofía antisemita de “Los Protocolos de los Sabios de Sion”, un panfleto falso anticomunista diseñado por la Rusia zarista; y las ideas ocultistas de un grupo conocido como la sociedad Thule, cuyos miembros compartían la idea de Hitler sobre un hombre superior en el mundo de origen germánico. De esta sociedad, Hitler tomaría varias runas en sanscrito, la antigua lengua indostaní, para simbolizar sus ideales. La esvástica, símbolo del sol, sería el ícono tras el cual Hitler conduciría a su nación a cometer las peores atrocidades que se hayan visto en el mundo.

Para 1921, el partido nacionalsocialista de los trabajadores alemanes, nazi por su pronunciación alemana, bajo Adolf Hitler, comenzó a expandirse fuera de Múnich, engullendo a otros movimientos nacionalistas de Alemania. Asumiendo el manto de “Fuehrer” o líder del partido, se dispuso a adaptar sus visiones apoteósicas en realidad con la búsqueda de puestos políticos para su partido en el Reichstag (el congreso alemán).

Lo que hubiera sido un partido limítrofe e insignificante estalló a la escena nacional con la peor crisis económica en la historia del país. Alemania ya se encontraba en crisis a principio de los años veinte, sus fuerzas armadas limitadas y sus recursos nacionales dedicados al pago de las deudas de guerra a los países aliados. No obstante, por un momento parecía que esto podía vencerse. El avance científico se encontraba en un auge, la sociedad parecía liberalizarse y volverse más incluyente y los movimientos extremistas se descartaban como lunáticos. Entonces, un trágico día, el marco alemán se devaluó 20 veces lo que valía frente al dólar.

En el periodo de 1922 a 1923 terminaría con un valor de 4 000 000 000 al dólar. La memoria reciente de la crisis financiera de 2008 es incomparable al horror de Alemania en 1923. El mejor ejemplo es el antiguo adagio de una mujer que caminaba por las calles de Berlín, cargando una pesada canasta con billones de marcos en billetes. Un hombre indigente entonces la asalta, tirando una miríada de billetes y huyendo con la más valiosa canasta de mimbre.

El desempleo rampante, el miedo y el hambre alimentaron la ira del pueblo alemán hacia los enemigos fuera y dentro del país. Hitler tomo ventaja de esto, engrosando los rangos del partido nazi con las personas que sufrieron lo peor de la crisis. En un momento de exaltación, decidió aprovechar la situación desesperada del gobierno para tomar el poder. Hitler y sus seguidores, bravucones autodenominados soldados de asalto, invadieron un bar en Múnich donde estaban reunidos oficiales del gobierno regional en lo que sería recordado como el “Beer Hall Putsch”.

Declaró ante sus rehenes falsamente que se habían derrocado los gobiernos nacional y regional y que las bases del ejercito local fueron tomadas por sus seguidores. Pero la fachada se derrumbó rápidamente ante la inestabilidad de Hitler, proclamando declaraciones de victoria exageradas ante la inevitable activación de las fuerzas locales de seguridad. Hitler y todos los involucrados fueron arrestados. En el juicio, no obstante, Hitler tomo la oportunidad para justificar sus acciones ante el pueblo alemán, responsabilizándose y enalteciendo su causa como la correcta en tiempos desesperados. Su condena de traición a la patria, castigable con la pena de muerte, se redijo a cinco años.

En su estancia en la cárcel, Hitler continuaría sus esfuerzos por hacer que más alemanes escucharan acerca de sus delirios y fantasías. Aquí escribe su libro “Mein Kampf”, saturando su historia de lucha personal con dramatizaciones e historias falsas de origen en sus momentos en Viena y la gran Guerra. En él, exaltaba la idea errónea de una raza iniciada por un superhombre de origen germánico, el Ario contra su opuesto extremo, el judío. Esta noción racial le permitiría unificar sus ideales y alimentaría sus discursos. Este cruel manifiesto propagandístico le permitiría justificar las problemáticas del pueblo alemán a grupos de población inocentes, mediante la generación de un estereotipo paranoico del enemigo interior que debía, a su criterio, ser exterminado.

Nueve meses después, sería liberado y comenzaría su último acenso al poder. Decidió que obtendría la gubernatura del estado alemán mediante la vía democrática, apelando a las necesidades y prejuicios de los alemanes e imbuyendo sus ideales racistas y narcisistas a un pueblo desamparado. Sus soldados de asalto se reorganizaron y aumentaron en número para intimidar a sus adversarios y marchar por él en las calles de Alemania. Inició también un programa de juventud hitleriana para adoctrinar a la juventud que un día sería el ejercito que lucharía y moriría en la guerra que, desde entonces, Hitler consideraba una realidad eventual.

Pero le quedaba un último obstáculo, y era hacerse con el poder por medio de la voluntad popular, y el único modo de hacerlo era triunfar en las elecciones locales y estatales con su partido. Poco a poco, el partido nazi comenzó a hacer ganancias territoriales en el periodo de 1926 a 1929. Hitler asumió el mando firme del partido nazi eliminando a sus colegas ambiciosos y sustituyéndoles solo con aquellos que no tenían más que lealtad a él, sin ambiciones más allá de servirle. Esta egocéntrica maniobra le produjo fieles siervos en Herman Goering, un expiloto y líder partidario temprano, Joseph Goebbels, un escritor que se convertiría en su propagandista en jefe y Erich Ludendorff, un general de la gran guerra que le traía el elemento de experticia y confianza del ejército.

Hitler en este periodo viaja por Alemania, dando flamboyanes discursos y avivando las llamas del naciente antisemitismo y xenofobia de la población alemana. Esta etapa de adulación y éxito constante, ausente cualquier responsabilidad, fue la más alegre de su vida de acuerdo a su secretaria personal. Inició una relación sentimental con la hija de su media hermana, Geli de 20 años. La situación política, no obstante, le era desfavorable en ese momento, ya que el gobierno americano había decidido apoyar a Alemania con preciso propósito de que no cayera en el extremismo como lo había hecho Rusia años atrás. El nuevo presidente alemán, Paul von Hindenburg, había unificado a gran parte de las facciones políticas por su placidez y el hecho de que había sido mariscal de campo durante la guerra. Una vez más, parecía que el mundo entraría en un estado de balance y Alemania saldría adelante sin crisis.

Entonces el 29 de octubre de 1929, en Estados Unidos, el capitalismo rampante, libre de regulaciones y normas bien establecidas, cayó bajo su propio peso. La especulación desenfrenada llevó al pánico mercantil, dando lugar a la mayor crisis financiera en escala global que se haya experimentado en la historia, la gran depresión. Con vientos ominosos detrás y la experiencia previa del fracaso, Hitler inició el plan que lo llevaría al dominio de Europa.

La gran depresión no llegó al nivel catastrófico de la crisis de 1922-1923 para el pueblo alemán, pero su memoria aún se encontraba fresca en la mayoría de los ciudadanos germanos. El miedo atrajo a muchas personas de otro modo perfectamente racionales a apoyar al movimiento de Adolf Hitler, que, a pesar de sus ideales racistas y xenofóbicos, prometía la grandeza y la emancipación financiera de todo alemán que los apoyara. Su discurso estaba fríamente calculado, tras iniciar suavemente, para atraer a la ensordecida audiencia, iniciaba tiradas hacia los denominados enemigos nacionales y puntualmente hacía énfasis en cada clase social y laboral que le interesaba. Y la paranoia colectiva que trabajó arduamente en generar tuvo resultado. Para 1930, esto llevaría a que los nazis ganaran un 18% de la asamblea nacional. Por primera vez, se escucharía la palabra “salve” antes del nombre del Fuehrer. “Heil Hitler” sería la frase del momento y el grito común de descontento contra el gobierno regente.

Pero lo que aumentaba en poder e influencia, Hitler lo perdía rápidamente en cordura y racionalismo. Su relación con su amada, Geli se volvió obsesiva. Su juventud y romances llevaron a Hitler a mantenerla bajo vigilancia constante. Aislada y bajo el yugo de un narcisista y paranoico, Geli se suicidó en 1931. A pesar de sus celos constantes y su necesidad de controlarla, además de un amorío con la secretaria de su fotógrafo personal, Eva Braun; Hitler sufrió de una depresión severa de la cual no se recuperaría del todo. Varias personas, incluido el mismo Herman Goering, afirmarían que este fue el evento que lo llevó a volverse, en gran medida, vegetariano, actitud que conservaría hasta su muerte.

En 1932, tras una severa campaña política nacional, apenas recuperado de la perdida de Geli, Hitler perdería la presidencia contra el incumbente von Hindenburg. A sabiendas del peligro que representaban al régimen democrático, también se prohibiría la presencia de soldados de asalto de la nueva fuerza paramilitar de Hitler, la SS y los ya mencionados soldados de asalto, la SA, en Alemania. Esto solo retrasaría su avance temporalmente, puesto que, en el congreso, el partido nazi seguía fortaleciéndose. Mediante una serie de maniobras, logro unificar al Reichstag en contra del canciller regente y permitió que sus rivales se instalaran en su lugar. Poco tiempo después en las elecciones regionales su oratoria le concedería la mayoría legislativa y le permitirían organizar a su partido mientras tres cancilleres interinos colapsaban en la búsqueda del poder supremo. Ante la falsa amenaza de un golpe de estado militar a causa de la inestabilidad política, fue el mismo Presidente Paul von Hindenburg quien, con la intención de preservar la democracia, acabaría con ella. El 30 de enero de 1933, Adolf Hitler saldría de la oficina del presidente como el nuevo canciller de Alemania.

La democracia alemana pronto estaría ardiendo en llamas. Hitler se dispuso a disolver el parlamento y establecer una policía secreta guiada por sus fieles seguidores. Von Hindenburg permaneció inamovible por miedo a desestabilizar más la situación. Para cuando los soldados de asalto nazi le prendieron fuego e incendiaron el Reichstag, con la fachada de un ataque comunista, solo le restaba obtener una mayoría definitiva en la asamblea para convertirse en dictador de manera completamente legal. Poco tiempo después, bajo decreto de emergencia por el presidente, Hitler logro pasar la ley para la remoción de la crisis del pueblo y el imperio, convirtiéndose legalmente en el dictador germano y aboliendo la democracia.

Pronto todo aquel que se oponía o había opuesto al Fuehrer lo pagaría con su libertad, pero más comúnmente, con su vida. Solo von Hindenburg logró escapar, muriendo de causas naturales en 1934. Este último peldaño le permitió a Hitler actuar indiscriminadamente a su voluntad. El pueblo alemán habría de aceptar todos los ideales e iconos del partido nazi y de Hitler mismo. La abstinencia de las sustancias impuras fue ampliamente recomendada, desde el alcohol, la carne y hasta el tabaco, todo por las creencias individuales del Fuehrer. Poco a poco, iría generando comportamientos condicionados en la población germana que les haría exclamar por gloria y guerra, una psicosis en masa que hizo a miles desconocer a sus vecinos y amigos y tacharlos como indeseables para el nuevo Reich de Adolf Hitler.

El deseo de Hitler era, ante todo, restaurar el lugar de Alemania en el mundo de acuerdo a sus delirios mesiánicos juveniles. Para esto, se dispuso a adoptar programas de infraestructura, arquitectura y sociedad que tuvieran como propósito el mejoramiento de la raza alemana. Hitler promovió la maternidad y el ejercicio para aumentar el número de germanos arios. Su máxima muestra fueron los juegos olímpicos en Berlín en 1936. A pesar de sus promesas económicas y programas sociales, no logró reducir significativamente el desempleo, los salarios se redujeron y las horas de trabajo aumentaron para la mayoría de la población, sumida en la propaganda de Joseph Goebbels.

Paralelamente, inició a reconstruir al ejército más allá de los límites del tratado de Versalles. Su intención era aumentar el espacio vital para la población mediante el anexo de países vecinos y limitar el avance del denominado judeo-bolchevismo. En 1936, reocupo la zona desmilitarizada del rio Rin y envió a la división cóndor del ejército alemán a probar armas experimentales en España durante su guerra civil. Su máximo logro internacional vino en formar el pacto de hierro con Japón e Italia y, con él, tener la credibilidad suficiente para invadir Checoslovaquia sin iniciar una guerra. Esta maniobra, que culminó en el Acuerdo de Múnich de 1938, sería alabada como la paz para nuestros tiempos por el primer ministro británico, Neville Chamberlain.

La campaña del odio apenas comenzaba en Alemania y, pronto, se inició a purificar al pueblo mismo de aquellos a quien Hitler consideraba indeseables. Se eliminaron muchos derechos a la población judía y se inició la eugenización mediante la eutanasia de las personas con discapacidades físicas y mentales. La solución final, tomada en 1939, determinó que todos los enemigos del estado habían de ser erradicados. Fue este movimiento el que llevó a la muerte de 11 a 14 millones de personas. Judíos, polacos, comunistas, homosexuales, trabajadores de uniones laborales, gitanos y testigos de jehová son algunos de los grupos sociales que fueron blanco de esta monstruosa campaña de exterminio.

El análisis de este súbito cambio de paradigma para Alemania como nación se usa para ilustrar el talento de Adolf Hitler como líder, pero en realidad mucha de su asertividad y si bien no su crueldad, pero si la manera en que la ejerció era, quizá, inducida. El carácter de Hitler para este punto había sido resultado de su experiencia de vida. Para cuando asumió el poder en 1933, Hitler había sido un individuo enfermizo, pero relativamente sano. El estrés de la cancillería rápidamente deterioro su ya delicado estado de salud. La incapacidad de mantener el ritmo laboral que había tenido, y enfrentándose constantemente a dilemas que el mismo se generaba política y económicamente, recurrió a su médico personal, Theodore Morell para que aliviara sus muchas aflicciones. Se estima que Adolf Hitler llegaría a utilizar, bajo recomendación de Morell, más de 80 compuestos farmacéuticos diferentes al día.

Las decisiones que gradualmente aumentaron en irracionalidad y riesgo se relacionaron inherentemente a las aflicciones y tratamientos que empeoraban el temperamento de un individuo que ya se encontraba al borde de psicosis. Para evitar el cansancio, el Fuehrer recurrió a las anfetaminas para mantenerse de pie durante días y dar apasionados discursos. Gradualmente se volvió adicto. Algunos expertos afirman que Hitler no solo era un adicto, sino que padecía de trastorno bipolar que se acentuaba con el uso de anfetaminas.

Una faceta vergonzosa para Hitler además era el hecho de que padecía de meteorismo, o flatulencia descontrolada que además causa distensión y dolor abdominal constante. Para esto, Morell le administró estricnina, un anticolinérgico utilizado como veneno para ratas. Hoy día existe evidencia de que Hitler, además, padecía de disfunción sexual adicionada a malformaciones genitales, incluyendo micro pene, hipospadias y criptorquidia unilateral. Esto lo condujo a abusar de inyecciones de extracto de vesícula seminal taurina, una forma impura de testosterona, para aumentar su virilidad. Esta sustancia se añadió al efecto de las anfetaminas, empeorando su agresividad y conducta errática. Sus decisiones dependían en gran medida de su estado mental, y este a su vez dependía de las sustancias que mantenían en la idea delirante de que la providencia y suerte estaban siempre de su lado.

Al invadir Polonia en 1939, Hitler pareció perder su suerte con la declaración de guerra por parte de los países aliados. Pero el ejército alemán se logró hacer paso por Polonia en menos de un mes. Ante un aparente cese al fuego entre Alemania y Francia por la conquista de Varsovia, Hitler ordenó que se iniciara la invasión definitiva de Francia que había eludido a Alemania durante la primera guerra mundial. La apuesta atrevida tuvo frutos, y Paris caería para junio de 1940. Solo Inglaterra evitaría la invasión, defendiéndose con su fuerza aérea día y noche ante bombardeos incesantes por parte de los alemanes durante el resto de la guerra.
El éxito para Hitler no estaría completo sin la derrota de Inglaterra, pero no tenía los recursos para invadir Inglaterra sin descuidar la defensa territorial. En su lugar, Hitler miró al este. En Polonia inició una campaña equivalente a la ya existente en Alemania para la erradicación de grupos indeseables con el propósito de generar espacio vital donde residiría la creciente población aria que Hitler ideaba. Pero a medida que progresaba la guerra, aumentaba su estrés y con la dependencia en los cocteles farmacológicos de Morell. Hitler comenzó a utilizar además cocaína para sus malestares nasales, cortisol y, eventualmente, barbitúricos y morfina para controlar el estrés y neurosis en la que vivía.

La invasión de Rusia se critica como el error más grande que cometería Hitler en su mandato. Alemania y Rusia se encontraban en un estado neutral de no agresión desde 1939. Pero e inevitable el conflicto y tanto Hitler como Stalin ya habían iniciado movilizaciones a las fronteras en preparación de la invasión inminente. Muchos historiadores coinciden en que hubiera habido una invasión soviética de Alemania si no hubiese atacado primero Hitler. En 1941, con la operación Barbarossa, iniciaría un ambicioso plan de ataque que dependía de un esfuerzo vehemente por parte del ejército alemán para invadir Rusia. El contingente germano debía marchar hasta Moscú antes del invierno de ese año. Hitler mismo aprobó esta riesgosa y costosa operación, que en sus inicios parecía encaminada al éxito definitivo.

Aquí entra el carácter inestable de Hitler que se volvería cada vez más frecuente. Fue él mismo quien, en contra de sus asesores militares, cambió de ordenes durante la operación y redirigió a una gran porción de las fuerzas invasoras a Leningrado. Su intención era desmoralizar al pueblo ruso con un asedio a esta ciudad, la antigua capital rusa zarista, actual san Petersburgo. En su lugar, Stalin reorganizo a sus tropas y repelió a las fuerzas alemanas para diciembre de 1941, a tan solo 400 kilómetros de Moscú. Es en este momento cuando el colapso, tanto de Alemania como de su líder, se volvieron aparentes e inevitables.

Este fracaso sería acompañado por otro igual de catastrófico con pocos días de diferencia. Cuando Japón atacó Pearl Harbor el 7 de diciembre 1941, los EEUU le declararon la guerra únicamente al imperio japonés y no a las potencias del eje. Fue Hitler quien le declaró la guerra a este país cuatro días después, abriendo la puerta a un segundo frente occidental renovado, ya que en África el afrikakorps del ejército alemán continuaba combatiendo contra Gran Bretaña por el control de Egipto y el canal de Suez.

La mano del Fuehrer cada vez más se inmiscuiría y cambiaria las tornas de la guerra en favor de los aliados. Sus decisiones empeoraban con el tiempo y el progreso del estrés, la enfermedad y los fármacos que usaba para remediarlo. Para 1942 aumento su consumo de anfetaminas al grado de adicción. Empezó a desconfiar del mando del ejército y se involucró cada vez más en la toma de decisiones. En Rusia, no permitió que se detuviera el prolongado asedio a Stalingrado comprometiendo a un contingente importante de tropas que eventualmente seria aniquilado por el ejército ruso. Este error eventualmente condenaría al ejército alemán oriental a entrar en una retirada prolongada que los llevaría a defender las calles de Berlín en 1945.

Para el 6 de junio de 1944, con la invasión de Normandía y la apertura de un frente en Europa occidental, Hitler comenzó a mostrar signos aparentes de debilidad e incoherencia que mermaron hasta a sus más fieles seguidores. El 20 de julio, sobrevivió a un atentado de bomba que había sido planeado por miembros del partido nazi y el ejército. Como resultado, se volvió irracional y paranoico, demandando que todos sus alimentos fueran probados para evitar envenenamiento, aumentando su consumo de opioides y ordenando la ejecución de miles de militares y civiles alemanes. Le ordenó a su ministro de armamentos, Albert Speer, que incinerara las ciudades de las que retrocedía el ejército en un decreto llamado Nero, pero la orden se ignoró, preservando miles de ciudades en Francia, Países Bajos y Alemania misma. Nunca aceptó el hecho de que la guerra inevitablemente terminaría en derrota para Alemania, iniciando incluso un último intento desesperado por detener a los americanos en las Ardenas en Bélgica a principios de 1945, sin resultado.

Adolf Hitler, de acuerdo a la opinión investigativa, sufría además de enfermedad de Parkinson. En grabaciones de sus últimos días, se muestra con coreas en las extremidades superiores, por lo cual, se asume, siempre mantenía las manos detrás de su espalda en las imágenes capturadas después de 1944. Padecía además de crisis oculogíricas y su sintomatología autonómica intestinal que pueden ser asociadas también a esta enfermedad. Se personalidad se asemeja a la de un individuo con parkinsonismo idiopático, con rigidez mental, insomnio, episodios maniacos y depresivos y paranoia constante, lo cual se hubiera visto potencialmente exacerbado con el consumo de metanfetaminas que inició para sus últimos años. Existe la posibilidad, no obstante, de que la sífilis que contrajo de joven se haya convertido en la variante neurológica de la enfermedad ante años de progresión, y apenas comenzara a manifestarse.

La historia de la muerte de Hitler es una culminación a un cuadro psicopatológico vitalicio. Fue abandonado por los hombres a quienes había prometido la gloria para su raza, pero en su lugar recibieron muerte y destrucción para su pueblo. El 20 de abril de 1945, su cumpleaños número 56, salió por última vez del bunker en Berlín donde se había resguardado por meses en hacinamiento. Su último delirio fue en encomendarle la defensa de Berlín a una división SS virtualmente diezmada por bombardeos y combate. Ante la información de que no se había realizado este acto a falta de hombres y recursos, Hitler entró en un cuadró neurótico, insultando a sus oficiales mayores y declarando que no se rendiría y antes se suicidaría que entregarse a los aliados.

Tanto Herman Goering como Heinrich Himmler, líder de la SS, trataron de relevarlo, a lo que respondió Hitler arrestándolos y ejecutando a sus seguidores. En un último intento por estabilidad, contrajo matrimonio con su amante desde 1929, Eva Braun, dentro del mismo bunker donde se refugiaban del inminente asalto ruso.

Dos días después, el 30 de abril de 1945, Adolf Hitler se suicidaría con un disparo a la cabeza.

No existe justificación real para la violencia de ningún tipo. No puede atribuírsele a la enfermedad, mental o somática, o incluso al uso de drogas una serie de eventos tan complejos que resultaron en la segunda guerra mundial y el holocausto. Aquí hay que recordar que Hitler fue solo un hombre, trastornado y afligido, que tuvo una perspectiva desarraigada, falsa y cruel de la humanidad y lo que esta representa. Sus ideas y acciones fueron llevadas al límite por el uso de sustancias psicoactivas que degeneraron a una mente ya inestable. Pero la responsabilidad no recae en Hitler solamente. La enfermedad y delirios de un hombre son auto limitados, la voluntad de escuchar y seguirlos depende de cada individuo y sus decisiones.

Es indudable que las circunstancias se dieron de manera desafortunada para que fuera posible una tragedia iniciada por el complejo mesiánico racista y xenofóbica de una sola persona. Es por esto que es tan importante retomar este pensamiento en la actualidad. El mal por si solo puede no existir, pero si existe la crueldad, concepto que, en realidad, es solo el ser humano quien describe y genera. La existencia de actos crueles depende tanto de aquellos quienes los narran como de aquellos quienes los realizan, así dejando a un lado la historia personal y asimilando aquello que el hombre cruel ve como necesario y normal. A diferencia del mal convencional, la crueldad triunfa cuando alguien vulnerable es convencido de seguir la voluntad de otro. La verdad que genera cada individuo es y debe permanecer la única guía para la acción y decisión, nunca debe de serlo de así la de otros.

“Haz a la mentira grande, hazla simple, continúa diciéndola y eventualmente, la creerán”

Autor: Iván de la Riva – Editor: Emilia Issa

Bibliografía: