Fue un sabio cubano, el polígrafo Don Fernando Ortiz, quien dijo que José Martí es la mejor carta de presentación de los cubanos. Dispersos por el mundo, viviendo en la Isla en medio de una terrible crisis económica, no importa de qué generación o a cuál ideología adscritos, todos tienen en el hombre que murió hace más de cien años un paradigma irrenunciable. Sin lugar a dudas, aquel 19 de mayo de 1895 resultó nefasto para la Cuba de todos los tiempos.

José Martí fue una figura inclasificable. Su pensamiento ha sido objeto de múltiples y a veces encontradas interpretaciones. Muchos pretenden adscribirlo a la derecha o a la izquierda, al centro, teñirlo de un color o de otro. Lo cierto es que Martí anheló construir una república “con todos y para el bien de todos”, convencido de que la igualdad entre los hombres nace del respeto a las leyes que de común acuerdo sepan darse.

En una célebre polémica, Martí advirtió al general dominicano Máximo Gómez, héroe de la independencia cubana, que ninguna república podía fundarse como un campamento. El diálogo y la participación serían sus líneas rectoras, no importa estrato social, raza, religión o ideología. Sin autoritarismo o mesianismo, es decir, sobre la base de principios democráticos. Consideraba que la Patria no era feudo ni capellanía de nadie. En un discurso memorable indicó que debía tomársele como altar, para ofrendarle la vida, y no como pedestal, para levantarse sobre ella.

Conocido es aquel verso en que sostenía que con los pobres de la tierra quería echar su suerte. Fue Pet Seger, en los años sesenta, quien lo difundió por el planeta al ritmo de La Guantanamera. Baile y aplausos, alegría y esperanza nacieron del cantar a gritos millones de jóvenes esa melodía original de Joseíto Fernández, trovador de estirpe popular. Y con ella Martí, y con Martí, Cuba.

A los diecisiete años Martí fue acusado de “infidencia” con motivo de una carta escrita a un amigo por su ingreso al ejército español. Esto le valió una condena a trabajos forzados y el destierro. De esa experiencia nació su El presidio político en Cuba, impresionante testimonio del sistema penitenciario en la Cuba colonial.

Natural de la tierra que produce el más famoso tabaco del mundo, nadie recuerda haber visto a Martí fumar. Y fueron los tabaqueros cubanos emigrados a Tampa, en la Florida, quienes con mayor entusiasmo le apoyaron en la organización del movimiento por la independencia de Cuba. Tal vez los discursos que pronunció ante ellos se cuenten entre los más inspirados y decisivos para la causa de Cuba. Un tanto risueño, Martí decía que con humo los cubanos accederían a la libertad.

Era de baja estatura, sobrio en el vestir, de maneras distinguidas y mesura en el trato. En sus Versos Sencillos, libro clave del modernismo hispanoamericano, dijo ser un hombre sincero que merecía morir de cara al sol y rindió tributo a los valores de la amistad y solidaridad humanas. Largas fueron sus jornadas de trabajo y diversas sus tareas: periodista, diplomático, maestro, traductor.

A lo largo de su vida subrayó el valor de la amistad y el amor. Por la independencia de Cuba propuso “una guerra sin odios”. Varias generaciones de cubanos han aprendido de memoria el poema que la tradición ha denominado “La rosa blanca”, suma de generosidad, grandeza de alma y nobleza.

En una de sus célebres crónicas enviadas durante años a los principales diarios de la América hispana, Martí hizo pública su admiración por Carlos Marx con motivo de su muerte, por su amor a los trabajadores. Pero Martí creía que las diferencias sociales eran superables por la vía del entendimiento y la observancia de la ley.

No despertaba sus simpatías el odio de clases o de cualquier otro género; afirmaba que el odio es un tóxico que ofusca, si no mata, a aquel que lo invade. Sostuvo con su vida y sus obras que “la única ley de la autoridad es el amor”. Predicó una guerra sin odios contra España, pues decía, por la libertad del hombre se pelea en Cuba y hay muchos españoles que aman la libertad.

En sus textos también habló de Bolívar, Cervantes, Whitman, Emerson, Cecilio Acosta o Annie Besant, porque a Martí, ciertamente, nada humano le era ajeno. Al conocerle, Rubén Darío le llamó maestro. Sarmiento, quien no siempre coincidió con Martí en sus apreciaciones sobre los problemas americanos, puso en alto su calidad de escritor. Unamuno expresó por su obra una admiración inusual en él.

Quizás el asunto que más preocupó a Martí, aparte de liberar a Cuba, fue la educación. “Ser cultos para ser libres” es una de sus máximas más difundidas. A la educación y a la cultura las veía como un camino de salvación. Medio siglo más tarde, los intelectuales que se reunieron en torno a la revista Orígenes, que encabezara José Lezama Lima, buscaron soluciones para Cuba por esa vía.

Aunque anticlerical, no escatimó elogios a Félix Varela, sacerdote católico que revolucionó la enseñanza de las ciencias y la filosofía a principios del siglo XIX; el primero que, según él, enseñó a pensar a sus compatriotas. Para Martí, tal  era la piedra angular de la enseñanza, si nos atenemos a la manera de elaborar las ideas y su presentación en La Edad de Oro, revista para niños que escribió en su totalidad.

Rafael María Mendive, en cuya escuela se formó, y José de la Luz y Caballero, estuvieron en la primera fila de sus devociones. Por dos personas ajenas a su familia dijo haber llorado al saber de su deceso: Abraham Lincoln y José de la Luz y Caballero. Para Martí, al hablar del maestro se aludía a un evangelio vivo.

Otro asunto al que dedicó meditación, energía y páginas de enorme sagacidad y profundidad es el de la identidad de nuestros pueblos. Pedía injertar nuestras repúblicas al mundo, pero que el tronco siguiera siendo el de nuestras repúblicas. Deslindó los rasgos distintivos de lo que denominó Nuestra América  en su ensayo homónimo, la de nuestros pueblos mestizos al sur del Río Bravo. Fustigó a quienes la negaban, calificándolos de hombres de siete meses. Pueblo y no pueblos, dijo, del Bravo a la Patagonia.

¿Fue Martí religioso? Más de una vez enfocó el fenómeno de la muerta como mero tránsito a un estadio de vida superior. Llegó a sostener la importancia de la religión para los pueblos y advirtió de los peligros que comportaba su renuncia. La vida humana, precisó, sería una invención repugnante y bárbara, si estuviera limitada a la vida de la tierra.

Martí, como muchos hombres insignes de su tiempo, perteneció a la masonería. Esta circunstancia le salvó la vida en alguna ocasión y gracias a ello su cadáver no fue ultrajado a manos de la soldadesca española en Dos Ríos, lugar del oriente de la Isla en donde cayó combatiendo. El comandante de las tropas enemigas lo reconoció como hermano de logia e impidió que se le profanara.

Los problemas económicos globales le preocuparon constantemente. Sus apreciaciones sobre las relaciones entre economías fuertes y débiles, la necesidad de diversificar el comercio, de no vender sólo a un país, fueron puntos constantes en su reflexión y se reflejaron en su obra periodística. Estuvo atento a los avances científicos y tecnológ