El consentimiento informado es un instrumento utilizado en el área de salud, tanto en la atención médica como en la investigación, para cerciorarse de que el paciente o participante entiende plenamente su situación actual de salud, qué procedimientos se le van a realizar y asegurarse de que está de acuerdo con las decisiones tomadas por el médico a lo largo de su interacción. Los datos se le deben de presentar a personas que tengan la capacidad mental para tomar decisiones, la edad adecuada y que sean competentes en términos legales; de lo contrario, se deberá de solicitar un representante legal.

Por medio del consentimiento informado, se protegen los derechos del paciente para que sean seres autónomos y sean tratados con justicia, atención y respeto en todo momento. Se divide en dos partes, que son: el derecho a la información y la libertad de elección. De acuerdo a la Comisión Nacional de Bioética (2010), la información contenida en el consentimiento informado “debe ser clara, veraz, suficiente, oportuna y objetiva acerca de todo lo relativo al proceso de atención, principalmente el diagnóstico, tratamiento y pronóstico del padecimiento. De la misma manera es importante dar a conocer los riesgos, los beneficios físicos o emocionales, la duración y las alternativas, si las hubiera.” De este modo, el médico se hace responsable de resolver cualquier duda que pueda llegar a tener su paciente.

En la práctica, sin embargo, no siempre se logra este proceso debido a que no se aseguran, ambas partes, de que se entendió plenamente el contenido o porque se tomaron decisiones precipitadas. El descuido del consentimiento informado puede conducir a un comportamiento poco ético, el atropello de los derechos de los pacientes o situaciones que perjudican su bienestar físico y psicológico. Los malos entendidos son el principal factor que imposibilita la realización del consentimiento informado de manera correcta. Estos se pueden dar a causa de diferencias lingüísticas, dogmas religiosos o falsas expectativas que nublan la comprensión.

A parte de resguardar los derechos del paciente, el consentimiento informado funge como protección legal para el médico en caso de que el paciente presente una demanda por desacuerdo en el procedimiento que se le realizó. Es difícil evaluar si un paciente ha interpretado de manera correcta todo lo leído, ya que no existe un método establecido para medir el nivel de comprensión, por lo que se puede suponer que se presenta un cierto grado de desinformación. Muchas personas firman el formulario sin estar seguros de lo que están aceptando, por ello es importante incitar al paciente para que pregunte acerca de cualquier duda que le haya surgido al leerlo. En un estudio se encontró que “los sujetos de investigación malinterpretan sistemáticamente la relación riesgo/beneficio de participar en una investigación” (Appelbaum et al. 1982). En el análisis, se sugiere que el problema radica en una falta de comprensión en la metodología de la investigación, puesto que se encontró también que el 69% de los participantes no alcanza a comprender el significado de la aleatorización. Este tipo de malentendidos se incrementan con los pacientes que tienen dominio limitado del idioma.

En México, 7 de cada 100 habitantes mayores a 3 años, hablan alguna de las 72 lenguas indígena existentes (INEGI Encuesta Intercensal 2015). El desconocimiento o desinterés por estos datos por parte del tratante de salud afecta la calidad de asistencia médica. De acuerdo a Baker et. al. (1998), las barreras lingüísticas afectan la relación médico paciente, ya que los pacientes que no hablan el mismo idioma que su doctor tienden a omitir el seguimiento de su tratamiento, sufren complicaciones relacionadas a los medicamentos o pierden sus citas, en comparación con los que si comparten el idioma. La NOM-012-SSA3-2012 establece que si el idioma del paciente no es el hablado comúnmente en el país o comunidad, la información y el consentimiento informado deberán proporcionársele en su lengua. Sin embargo, el harto repertorio dialéctico que se tiene en México imposibilita la suficiencia de documentos traducidos o que estos estén transcritos de manera correcta; propiciando la variabilidad en interpretación.

Se ha demostrado que traductores no entrenados en entornos clínicos tienden a cometer errores frecuentes que en algunos casos dan lugar a malas interpretaciones (Vásquez 1991). Errores de traducción pueden generar que se realicen diagnósticos equivocados, que resulten en la disminución de la calidad de asistencia sanitaria y satisfacción del paciente. Así mismo, los traductores no entrenados y empleados en un hospital tienen altas probabilidad de violar la confidencialidad del paciente, lo que además de tensar la relación médico-paciente, atenta contra sus derechos.

El consentimiento informado da a cada participante la libertad para decidir si acepta o rechaza el tratamiento médico recomendado, no obstante, los médicos deben de tener en cuenta los efectos negativos que los participantes puedan llegar a experimentar durante el tratamiento y verificar con su paciente que los procedimientos necesarios no vayan en contra de sus creencias religiosas. Tomando como ejemplo la religión Testigos de Jehová, de acuerdo con sus normas, no se les puede transfundir sangre ni se les permite recibir trasplantes de ningún tipo de órgano. A pesar de que actualmente esta religión está modificando sus políticas referentes al uso de sangre para procedimientos quirúrgicos, el médico debe de informarse, conocer y respetar las decisiones que tomen sus pacientes de acuerdo a sus creencias.

Incluso cuando no existen dificultades del lenguaje o impedimentos religiosos que perturben la relación médico-paciente, la mala comprensión aún puede ocurrir por las falsas expectativa que los pacientes pueden tener sobre el resultado del tratamiento. Un grupo de investigadores (Lee et. al. 2001) llevaron a cabo un estudio para analizar las discordancias entre las tasas de éxito en el trasplante de células madre dadas por el investigador/médico y las esperadas por el paciente. Se encontró que el 48-93% de las veces había discrepancia entre las expectativas de ambas partes, y un 78% de los pacientes tenían mayores expectativas de los resultados en comparación con las de los médicos. Los pacientes de esta investigación eran conscientes de los efectos adversos del tratamiento pero, aparentemente, no juzgaron correctamente la probabilidad de que ocurrieran porque estaban más enfocados en su esperanza de que funcionara.